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Relato Travesti Nuria Morena. Diosa inmortal (Peru)


Relatos Travestis Sevilla: Nuria Morena. Diosa inmortal (Peru)

Autor: santorin

Nuria. Aquel era el nombre de la misteriosa divinidad que por meses anduve buscando en las calles de Lima, obsesionado con su sobrenatural presencia y por el sublime recuerdo de la fugaz pero inolvidable penetración de la que fui feliz víctima. Logré obtener su nombre y referencias de Carla, una de las adorables travestis con las que me había acostado durante mi larga y, hasta entonces, infructuosa búsqueda.

Carla es una hermosa y diminuta morena, sumamente delgada, sin senos pero con un bello y muy bien formado culito. Tiene un hermoso y pequeño pene de anatomía casi perfecta. Su pequeño y moreno glande, me resultaba tan bello que pasaba largos segundos contemplándolo, casi con devoción. Era un caramelo que cuando no estaba dentro de mi boca, no tenía el menor reparo en cobijarlo dentro mi culo, al cual brindaba un sereno e indoloro placer. Sus testículos, preciosos pero algo grandes ante el discreto tamaño de su adorable verguita, fueron un auténtico deleite de ternura y suavidad. Pero su pequeño pene era el bocadillo con el que me deleité durante seis maravillosas horas.
La linda Carla me penetró dos veces en las que, antes de eyacular, sacaba la verga de mi culo para, luego de quitarse el condón, bañar mi cuerpo con su delicioso semen. Luego, sus maravillosos 23 años le permitieron, después de darle prolongadas y suculentas mamadas, eyacular 3 veces más en mi rostro y cuerpo. Yo logré, con mucho esfuerzo, dos faenas memorables, pues la pericia con la que esta bella chica chupó mi pene, no se ve con frecuencia. Luego de lograr recuperar los bríos, penetré su estrechísimo culo, con una dificultad tal que, por momentos, sentía que estaba haciendo pedazos a la pequeña Carla.
Carla, pese a su inicial renuncia aceptó el inmisericorde castigo con un admirable heroísmo. Un encanto de chica, la adorable Carla. Pues bien, fue ella quien ante mi detallada descripción, me dijo que la chica de mis sueños, no podía ser otra que Nuria. Mencionó que Nuria era muy conocida y que era una especie de paradigma para las jóvenes travestis limeñas. Ahora me extraña que las chicas con las que estuve antes, negaran conocerla.

Carla me dio referencias del lugar en donde Nuria residía. Era un viejo edificio que ya había visitado antes, hacía mucho tiempo, cuando frecuentaba a otra travesti de nombre Michelle. En las cercanías de aquel edificio, solían emplazarse decenas de travestis en busca de clientes, pero hacía tiempo que la zona no era muy frecuentada. Decidí dar unas vueltas a la manzana, con la intención de encontrar a alguna bella trava, ingresar al edificio, acostarme con ella e indagar discretamente sobre Nuria.

No había siquiera caminado cincuenta metros, cuando las siluetas de tres hermosas y espigadas muñecas, hicieron que mi corazón perdiera el ritmo. Disminuí la velocidad de mi andar, pues mis piernas temblaban, pero no tuve que acercarme mucho para reconocer la imponente estampa de la bella Nuria. Al parecer, ella también logró reconocerme, o al menos eso quiero pensar, pues se separó del grupo y vino lentamente a mi encuentro. No le pregunté nada y, por vez primera, sentí su cálida voz invitándome a subir al vetusto edificio.

La caminata hacia su departamento, a pesar de ser corta, parecía eterna. Tenía del brazo a la más hermosa negra que jamás hubiese soñado, pero no quería precipitarme y quedar como un excitado adolescente.

Al atravesar un oscuro pasadizo y llegar a la puerta de su departamento, pretendió abrirla, inclinándose para ver la cerradura. Su hermoso culo se desplegó en toda su dimensión a través de su falda de cuero y no pude resistir el impulso de voltear su cuerpo hacia mí y besar apasionadamente sus carnosos labios, como si me hubiera reencontrado con el amor de mi vida. Aquél beso fue interminable y absolutamente necesario. Fue como un sello en el que se consumaba un vínculo, inmortal, como ella misma y como mi pasión por ella.

Mis manos sin saber cómo, habían abierto un levísimo chalequito y levantado el sostén. Sus hermosos senos se mostraron erguidos y exuberantes. Me deleité prolongadamente con sus pezones, aunque debo reconocer que lo que me estaba produciendo una irresistible turbación era la dureza de su pene que, a través de su falda, presionaba contra mi pierna.

Mi boca descendió por su negrísimo y terso abdomen, bañado con un leve sudor, en busca de aquel inquietante miembro que esperaba ser mimado.


Mi rostro se puso enfrente de aquella coqueta minifalda de brillante charol negro, tan corta y ceñida como provocativa y que no podía, por más tiempo, encubrir la prominente mole que asomaba, como una hermosa bestia furtiva, por entre sus torneadas piernas. Su liviana braguita de suavísimo algodón blanco, convertida en transparente velo por el profuso derrame del erecto pene, revelaba la turbadora visión de su encarnado y voluminoso glande que se proyectaba hacia adelante buscando liberarse de su húmedo y sofocante encierro. Mis manos, piadosas cómplices de la cautiva criatura, subieron lentamente la lustrosa y ajustada faldita e hicieron a un lado el minúsculo calzón. Inesperadamente, un colosal lanzón se irguió vigoroso, como una catapulta, alcanzando una perfecta erección vertical y lanzó, violentamente, hilos cristalinos y espesos, que bañaron mi rostro.

Entonces, me apresuré en besar, delicada pero prolongadamente, el frenillo sin tocar aún el palpitante bálano. Logré recuperar la conciencia y evité, a toda costa, perder la cabeza y lanzarme con avidez sobre el vedado fruto. No obstante mis labios pudieron sentir la virilidad de aquél miembro, sólo con la suave caricia de ese primer sorbo. No debía precipitarme. Tenía aquel asombroso y negro pene, sólo para mí y me tomé el tiempo para contemplar sus bellas e irregulares formas y sus incontables matices de café, chocolate y mora, acariciándolo suavemente, apenas con las yemas de los dedos, como si su incandescencia pudiese quemarme. Aquella trozo de carne, no podía estar más hinchado y parecía a punto de explotar.

Por su tronco, oscuro como una encina añosa, trepaban gruesas venas, cual sinuosos tallos de ávidas hiedras. Éstas se disputaban a la arrogante y erguida pieza, con mi suplicante lengua que intentaba, con el mismo afán, enredarse en la enorme circunferencia de aquel macizo pedazo de verga, para exprimir toda su savia, la cual brotaba desde lo alto de aquel hermoso mástil, descendiendo lentamente y deleitando mis labios con la prístina efusión del almíbar seminal que endulzaba mi codiciosa boca.

Aquel sabroso aperitivo, se volvió una irresistible invitación para probar el delicioso fruto maduro de su jugoso glande que parecía brillar con una luz propia de hermosos tonos violeta. Pero el exquisito fruto había de esperar pues en la base de aquel maravilloso leño yacían dormidos sus formidables testículos, cobijados por el suave y terso manto de su cálido escroto. Mi lengua, a través de aquella fina túnica, acarició con devoción aquellas gónadas, despertándolas de su plácido sueño. A mi lengua, exhausta, se unieron mis gruesos y hambrientos labios que atrapaban, amablemente, aquellas preciosas esferas pobladas con los millones de semillas de una raza de sobrehumana belleza.

Haciendo un encomiable esfuerzo logré hacer lo que, hasta entonces me parecía imposible. Metí totalmente aquellos enormes huevos en el interior de mi boca, envolviéndolos cálidamente y jugueteando con ellos, cuidándome de no atormentarlos. El cuerpo de la morena se sacudió de placer y su bronceada verga inició una danza frenética y ancestral, como si hubiese sido azotada por un estuoso viento tropical y los tonos violeta de su enorme morrón explotaron en unos hermosos e inflamados tonos rojizos, acaramelados por la dulce miel que, para entonces, brotaba burbujeante, como si hirviera por obra de un fuego interior de deseo y desenfreno.

El ardiente glande buscaba a ciegas mi boca, como si la humedad de ésta pudiese sofocar la hoguera en la que se consumía. Pero, para placer mío, mis voraces fauces estaban destinadas a ser el fogón en el que aquella tostada verga, seguiría horneándose, bajo el ardor de mi apetito. Succioné con goce, aquella enorme golosina y mi boca se inundó con el tibio y dulce jarabe que produjo una explosión de deliciosos sabores, indescifrables y enigmáticos, como el ser ante el cual yacía postrado de rodillas, las que, adoloridas, ya no podían sostenerme más. Mis manos, entonces, soltaron su valiosa presa para asirse a esas inmensas, largas y sólidas columnas, que eran sus hermosas piernas, embetunadas, lisas como dos berenjenas y humedecidas por su perfumada transpiración. Inmediatamente y ante la visión de semejante monumento, empecé a acariciar y besar con adoración aquel pórtico egipcio y, muy pronto, mis manos hallaron los exuberantes capiteles que formaban sus voluptuosas nalgas deliciosamente bañadas por su obsceno rocío. Las fragancias de sus líquidos seminales, el gusto agridulce del sudor de sus testículos y su perfume barato y dulzón, colmaron la resistencia de mis sentidos y, la mezcla de aquellas almibaradas esencias, logró embriagarme. Fue demasiado, incluso para un hombre experimentado como yo y sentí mi vista nublarse.


Perdí la noción del espacio y por poco la conciencia. Sentía un placer nuevo y embriagante, pero también mucha ansiedad y la mítica fémina a la que, hasta entonces, logré dominar, advirtió que había capitulado ante la poderosa presencia de su soberbio sexo. Ya dentro de su habitación, aquella hermosa fiera empezó a jugar con mi cuerpo, cual si fuera un títere bajo el gobierno de sus larguísimos y agudos dedos, que hincaban sus afiladas uñas en la blanda carne de mi ano. Restregaba mi piel, mi verga y mis testículos.

A partir de ese momento, el banquete sería suyo y estaba allí para deglutirlo todo. Así, su enorme boca de bestia africana tragó mi pene y su grueso labio inferior cubrió fácilmente mis testículos con un tórrido y electrizante beso. Su larga y venenosa lengua de crótalo, hurgaba mi ano deliciosa, pero violentamente y sus blanquísimos dientes, parecían querer arrancármelo. Estaba siendo devorado sin compasión, pero ya no había lugar para el dolor y, sin percibir el martirio de su vigorosa y certera estocada, fui sorprendido por su incandescente verga que yacía hundida enteramente en mi ano. Las paredes de éste, estrangulaban su carnoso glande intentando, inútilmente, detener al intruso que ya estaba adentro. Mi orificio podía sentir la dureza de su robusto tronco y de cada una de sus gruesas venas. Había tanta verga en mi estrecho culo, y tan violentos eran sus movimientos, que un placer, nuevo pero lacerante, recorrió todo mi cuerpo en inacabables oleadas, cada vez más intensas y cada vez más lacerantes.

Sus enormes senos se aplastaron contra mi espalda regándola con el delicioso bálsamo de su transpiración. Sentí, aunque parezca pomposo de mi parte, que había despertado en mi amante, un deseo arrebatador y sobrenatural de poseerme en cuerpo y alma. De comerme de un solo bocado. El aliento, que exhalaba temblorosa mientras balbuceaba palabras ininteligibles, así me lo hizo sentir, al tiempo que su cálida saliva me quemaba la nuca. Clavaba sus enormes dientes en mis hombros y su gran lengua parecía multiplicarse, recorriendo mi espalda, mientras su rígido cañón fulminaba repetidamente mi rendido hoyo, con movimientos verticales, explosivos e impetuosos. Pero aquel lascivo festín, sería inesperadamente interrumpido. Un sonido corto y seco, anunció lo que inmediatamente yo temí. La feroz amante negra, que me tenía a su merced, detuvo sus feroces embestidas y con voz grave, afiebrada y excitada me susurró al oído que el condón se había roto.

Entonces, sentí mi garganta cerrarse al tiempo que intentaba decir algo y, sin poder responder, me estremecí con su carne viva quemando deliciosamente la mía y fundiéndose, ambas, en un íntimo y profundo crisol. Sentí cómo toda la humedad que brotó de aquel fecundo pene, invadía mi orificio colmándolo, con su inesperada presencia. Con aquel torrente tibio dentro de mí, mi culo empezó a oscilar con movimientos circulares que pronto se hicieron convulsivos, involuntarios pero irremediablemente incitadores y mi diosa, sin poder resistirse a ellos, exhaló en mi oído, empapándolo con su saliva, un ronroneo grave de entrecortadas palabras que intentaba decir cuán rico y suavecito era mi culo.

Lentamente, con una engañosa amabilidad, reinició sus inhumanas embestidas, que por efecto de la inesperada lubricación, no encontraron mayor resistencia y se tornaron en una vibración rauda y potente. Nunca, repito, nunca me habían taladrado el culo con semejante velocidad y energía. Aquella atlética diosa, venida de algún nocturno y desconocido olimpo, estaba usando el explosivo poder de su hermosa y desarrollada musculatura para impulsar su destructivo rejón y demoler mis vísceras, ampliando las fronteras del placer, a costa del sacrificio de mis entrañas.

En un acto reflejo y defensivo, intenté con mi mano refrenar en algo aquella salvaje devastación, sólo para sentir que aquellas piernas que había acariciado y besado con rendida idolatría, mostraban al tacto las nervaduras de su rígida musculatura, tan dura que mi mano, tomando la forma de una garra, se ancló a una de ellas. Pero mi improvisada zarpa, lejos de apartar aquel glorioso cuerpo del mío, se sumaba a su vigoroso empuje, mientras yo pedía que me atravesara, más y más, llevando mi placer casi al punto de perder nuevamente la conciencia. Todos mis sentidos, incluso mi cordura, se abandonaron a la promesa de la gloriosa e infinita eyaculación que se avecinaba. Mi culo, luego de tan prolongado suplicio, sólo esperaba, con impaciencia, ser gratificado con copiosos y densos torrentes del cremoso y blanco semen que brotaría hirviente desde las honduras más íntimas de los primorosos testículos de mi amada.

Nuria, en un vano esfuerzo por postergar su inminente orgasmo, saco su enorme pene de mi ano, con el pretexto de cambiar de posición. La visión de aquella verga enorme, reluciente, húmeda e inflamada, fue irresistible y me abalancé sobre ella y la empecé a succionar con una violencia desconocida por mí. Bastaron unos pocos segundos para que Nuria eyaculara y un mar de semen inundara mi boca colmándola, con los primeros espasmos. Pero de aquel fecundo e inagotable pene siguió brotando una densa marea seminal que continuó bañando mi cuerpo, a tal punto que, en el febril estado en que me encontraba, sentía mi cuerpo sumergido en un cálido océano de delicioso esperma. La abracé y ella acerco su rostro hacia el mío. Me miró, y me beso con suavidad, bebiendo algunas gotas de semen que aún yacían en mis labios.

Pese a que yo aún no me había corrido y que estaba deseoso de penetrar a Nuria, tuve el buen juicio de esperar. Me fundí con ella en un tierno y prolongado abrazo, cubiertos por una frazada y bañados, ambos, en sudor, saliva y semen. Lo que pasó luego es otra historia.


Confieso que me encuentro algo abrumado y, por supuesto, muy agradecido por los elogios recibidos. También confieso que he sido algo cobarde en contestarlos inmediatamente pues, como repito, estaba abrumado. La generosa estadística de Bianya, me sorprende a mí mismo, pues pienso que los errores son tolerables, siempre y cuando haya la intención sincera de respetar el idioma. Es bueno saber que no lo hice mal. Y, bueno, si algo hay de encomiable en el contenido de mi relato, se debe al esfuerzo que hago por estar a la altura del foro. Textos como el último de Acosan0, La Pantera y el tonto del bote de Coca Cola y otros muchos, dan la medida de esa altura.
Como Sybaris, también soy un minimalista a la hora de escribir y leer. Amo la esencia y me gusta despojar a mis textos de lo accesorio (qué forma pomposa de encubrir mi pereza). En mi primer relato, Morena, Diosa Inmortal, se evidencia esta obsesión por la síntesis (nuevamente, pereza). Pero luego de leer ese gran texto, (La Pantera y el tonto…) me percaté de que hay textos de mediano aliento que merecen ser leídos en un foro y me propuse escribir uno lo suficientemente digno. A Juancho le estoy sinceramente agradecido y le digo que tendré que cambiar de oficio para no quedar como un bellaco. Por último y como siempre, no pude dejar de reír con el comentario final de Sybaris. Claro, risueño pero, como repito una vez más, abrumado.

...Una fría noche de llovizna, en la que anduve de cacería por la Avenida La marina, se me puso al frente una hermosa aparición, que a paso lento pero firme iba acercándose e iba descubriéndome su extraña belleza. Una hembra que sin ser monumental en tamaño, exhibía una presencia poderosa, que, después lo supe, se originaba en su temperamento arrollador. Su cimbreante andar, iba marcado por sus tacones altos, que al golpear el pavimento, señalaban el compás de su propia música, fusión de ritmos andinos, hispanos y africanos. Ella misma era eso, la bella encarnación de un mestizaje vigoroso de razas, culturas y creencias. Su atezado rostro, era un lienzo en el que, extrañamente se dibujaban las finas líneas de una princesa andina de ovalada faz y sonrisa leve, en perfecta armonía con los sensuales pero enérgicos trazos de su carnosa boca africana. Sus enormes ojos, profundos y desafiantes de mulata altanera reflejaban, al mismo tiempo y como dos espejos, la eterna soledad y grandeza del cielo andino. Ojos que, pese a ser grandes y de europea claridad, eran esencialmente andinos y contenían, bajo su vivaz esplendor, las lágrimas de una nostalgia secular. Giovana me clavó esa mirada y sus dilatadas pupilas, en complicidad con sus encarnados labios entreabiertos, me devoraron en un instante, dejándome sin aliento ni voz...


Confieso que me encuentro algo abrumado y, por supuesto, muy agradecido por los elogios recibidos. También confieso que he sido algo cobarde en contestarlos inmediatamente pues, como repito, estaba abrumado. La generosa estadística de Bianya, me sorprende a mí mismo, pues pienso que los errores son tolerables, siempre y cuando haya la intención sincera de respetar el idioma. Es bueno saber que no lo hice mal. Y, bueno, si algo hay de encomiable en el contenido de mi relato, se debe al esfuerzo que hago por estar a la altura del foro. Textos como el último de Acosan0, La Pantera y el tonto del bote de Coca Cola y otros muchos, dan la medida de esa altura.


Como Sybaris, también soy un minimalista a la hora de escribir y leer. Amo la esencia y me gusta despojar a mis textos de lo accesorio (qué forma pomposa de encubrir mi pereza). En mi primer relato, Morena, Diosa Inmortal, se evidencia esta obsesión por la síntesis (nuevamente, pereza). Pero luego de leer ese gran texto, (La Pantera y el tonto…) me percaté de que hay textos de mediano aliento que merecen ser leídos en un foro y me propuse escribir uno lo suficientemente digno. A Juancho le estoy sinceramente agradecido y le digo que tendré que cambiar de oficio para no quedar como un bellaco. Por último y como siempre, no pude dejar de reír con el comentario final de Sybaris. Claro, risueño pero, como repito una vez más, abrumado.


Added on April 13, 2017 at 12:00 am

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